El juego es el siguiente: dibujar fronteras en los Balcanes de 1878 sin provocar guerras sangrientas ni limpiezas étnicas
Lo que nos gusta a los fans de ‘Europa Universalis’ o ‘Crusader Kings’ retorcer una ley y darle la vuelta a un imperio, no lo sabe nadie. Es como ese jugador del Fifa (bueno, del EA Sports FC) que engancha al Real Zaragoza y va ganando partidos hasta coronarse en la Champions League. Por eso, si el usuario de Twitter Stefan Francisci (bueno, de X, vale ya con los nombres) propone el juego de “toma este mapa e inventa fronteras sin enfadar a nadie”, nos viciamos.
Porque tras ese mapa de los Balcanes se esconde la historia de diez imperios y doscientos años de conflictos. Intentar dibujar fronteras políticas que coincidan con las poblaciones lingüístico-étnicas que vivían allí supone un reto mayúsculo. Porque enseguida aparecen otros pueblos que no estabas teniendo en cuenta, otras religiones, otras lenguas y, sobre todo, poblaciones que no encajan limpiamente dentro de ninguna casilla.
Una forma de hacerlo es, quizá, jugar por cuencas hidrográficas, ríos y montañas. Pero es que las personas no funcionamos como el agua, por más que Bruce Lee dijera aquello de “Be water”. Podemos separar a la africana; aunque creo que algo hemos aprendido en este siglo sobre imperialismos y colonias. Hagamos nuestro mejor intento.
Voy a empezar con una chapa histórica. Pero será breve, lo prometo. En torno a 1878, los Balcanes eran sobre todo territorio en retirada del Imperio otomano, gobernado por el sultán Abdul Hamid II. Al mismo tiempo, Austria-Hungría, bajo Francisco José I, dominaba Croacia, Eslovenia y otros territorios eslavos, mientras Serbia, Montenegro y Rumanía acababan de obtener el reconocimiento internacional de su independencia. Grecia iba por libre con Jorge I. Rusia, bajo Alejandro II, era la gran potencia que pretendía aumentar su influencia sobre los pueblos ortodoxos y eslavos de la región.
Pero pasaron cosas: las rebeliones de Bosnia-Herzegovina y Bulgaria, la guerra ruso-turca de 1877-78 y la victoria rusa. El Tratado de San Stefano de marzo de 1878 proponía una Bulgaria enorme influenciada por Rusia. Salió mal. Esto alarmó a Austria-Hungría y Gran Bretaña, que obligaron a renegociar en el Congreso de Berlín ese mismo verano.
El 13 de julio, Bulgaria quedó cortada en tres, con menos de la mitad del territorio previsto. La divisoria fue la cordillera de los Balcanes: Bulgaria al norte, Rumelia Oriental al sur y Macedonia de vuelta al sultán. Presidía Otto von Bismarck, a quien se atribuye la frase de que todos los Balcanes no valían "los huesos de un granadero pomerano". Siete años después, en septiembre de 1885, un golpe sin sangre en Plovdiv unió las dos Bulgarias. La montaña ahora valía un colín, Serbia atacó y la guerra serbo-búlgara duró dos semanas.
¿Entonces? Ganó Bulgaria, Macedonia siguió siendo otomana, Serbia, Montenegro y Rumanía negociaron independencias tramposas y Austria-Hungría recibió el derecho de ocupar y administrar Bosnia-Herzegovina. Todos enfadados, todos contentos.
En resumen, en el siglo XIX, la península balcánica era uno de los lugares más difíciles de convertir en puzle nacional. Gran parte del territorio seguía dentro del Imperio otomano, el Imperio austrohúngaro controlaba buena parte del noroeste balcánico (a costa de 125.000 soldados) y, al final, serbios, croatas, bosnios musulmanes, albaneses, búlgaros, griegos, rumanos, turcos y decenas más acabaron mezclados hasta niveles locales.
Un mapa otomano de 1816 resulta casi cómico visto desde hoy. No tiene a Grecia, ni Serbia, ni Bulgaria. Tiene sanjacados, divisiones administrativas. El Imperio clasificaba a la gente por religión, no por lengua. En el millet ortodoxo cabían griegos, búlgaros, serbios y valacos, todos bajo el patriarca de Constantinopla. Después llegó el nacionalismo y se acabaron los chistes. Pero sigamos.
Porque esto fue hasta que los búlgaros pidieron su propia iglesia. En 1870, un firmán del sultán creó el Exarcado búlgaro con una cláusula bomba: una diócesis se suma si dos tercios de sus fieles ortodoxos lo votan. Una votación eclesiástica traza la frontera de una nación. En 1872, el Patriarcado responde declarando herético el "filetismo", esa idea de iglesias nacionales. Me gusta recordar que el reportero Ryszard Kapuściński nació en Pinsk cuando era Polonia y hoy es Bielorrusia. Y tenía una teoría sobre estas divisiones: ante un desconocido, decía, un niño puede esconderse o ponerse a jugar; "es la educación y la cultura las que nos van separando".
Si obviamos el debate serbio o albanés, que daría para diez artículos de Xataka cada uno, fijémonos en Macedonia: a finales del XIX y principios del XX, griegos, eslavos, albaneses, turcos y otros grupos convivían en una región en la que incluso la identidad de parte de la población eslava cambiaba según la iglesia, la escuela o la organización política con la que se relacionaba. Entonces, ¿dónde demonios dibujamos la raya?
En estos tiempos nació la “mapomanía”: mapas étnicos que pintan pueblos como bloques de un solo color y esconden las mezclas. De 1878 es un mapa descaradamente pro-griego, obra del historiador Konstantinos Paparrigopoulos, atribuido a Heinrich Kiepert, cartógrafo de referencia de la época. El serbio Jovan Cvijić dibujaba serbios, búlgaros y un grupo intermedio, los "eslavos macedonios", que diluía las pretensiones búlgaras. No en vano, en francés "macédoine" sirve para nombrar cualquier mezcla. De ahí viene la macedonia de frutas.
Podríamos empezar diciendo que las montañas crean perfectas líneas divisorias. No en vano, los Pirineos son sagrados (mentira: hay decenas de conflictos históricos, heridas y desmemorias hasta entre pueblos de 100 habitantes). Al otro lado de una cresta, el agua puede terminar en otro río y, finalmente, en otro mar. La geología lleva millones de años dibujando líneas sin necesidad de soldados, tratados ni conferencias internacionales. Ahora explícaselo a Cuenca y Teruel, que llevan más de un siglo peleando por el Tajo.
En la París de 1919, el secretario de Estado de EE. UU., Robert Lansing, le preguntó a su presidente qué entendía por “autodeterminación”: "¿qué unidad tiene en mente?". Wilson admitió después que lo dijo sin saber cuántas nacionalidades existían. Pues eso.
