Llenas Aybar: las preguntas sobre los Palmas Meccia siguen abiertas
Tres décadas han transcurrido desde que el cuerpo del niño José Rafael Llenas Aybar fue hallado con 34 puñaladas en un arroyo de la autopista Duarte, pero el eco del crimen sigue rebotando en las paredes del misterio.
Hoy, con la libertad recuperada y el peso de los años, Mario José Redondo Llenas se mantiene en silencio intentando constantemente evadir la pregunta que siempre resuena: ¿participaron los Palmas Meccia en el asesinato?
El 4 de mayo de 1996, el cadáver de Rafael, de apenas 12 años, fue hallado flotando en la laguna de Arroyo Lebrón, a la altura del kilómetro 24 de la autopista Duarte. Su cuerpo presentaba 34 puñaladas y estaba atado de pies y manos, en una escena que desbordaba saña.
El cuerpo apareció en las proximidades de la finca propiedad de la entonces embajadora de Argentina, Teresa Meccia de Palmas. Desde ese instante, el nombre de su esposo, Luis Palmas de la Calzada, y el de su hijo, Martín Palmas Meccia, quedaron grabados en el expediente bajo una mancha de sospecha que ni el tiempo ni la distancia han logrado borrar.
Durante la instrucción del caso, las líneas de investigación sugirieron que el asesinato no fue un acto improvisado en un descampado, sino que tuvo una fase previa de tortura en una residencia vinculada a los diplomáticos. A pesar de los esfuerzos iniciales, la justicia dominicana se estrelló contra un muro de acero.
Los Palmas Meccia abandonaron el territorio dominicano poco después del crimen. Aunque las autoridades nacionales solicitaron formalmente a Argentina la extradición de Luis y Martín Palma, la petición resultó fallida.
Para la familia Llenas Aybar y el imaginario colectivo, ellos representan a los «fantasmas» que nunca ocuparon el banquillo de los acusados, dejando la verdad del caso incompleta.
Mario José Redondo Llenas, primo de la víctima y autor material, ha mantenido durante 30 años una postura que oscila entre la introspección y el enigma.
«Esa pregunta a mí me la han hecho 500 veces, más o menos», admitió Mario José Redondo Llenas con una calma que contrasta con la ferocidad del recuerdo colectivo. Su respuesta, sin embargo, se aleja de la delación directa y se refugia en una narrativa de introspección.
El exconvicto plantea ahora un giro narrativo a su salida. Afirma que ‘’ya no se trata de castigar’’ —puesto que las condenas legales ya fueron agotadas por él, condenado a 30 años de prisión, y por su amigo, Juan Manuel Moliné Rodríguez, a 20 años.
Para la opinión pública, esta apelación a «la ciencia» y al «aprendizaje» suena a una táctica para sepultar entre suspenso, como quien quiere decir algo, pero no se atreve a la búsqueda de culpables adicionales.
La frialdad que mostraron los jóvenes en 1996, sumada a la falta de un móvil lógico, sigue alimentando la tesis de que Redondo y Moliné no actuaron solos.
