LOS CERDOS

                                 Cuando un lector moderno encuentra cerdos en los Evangelios, suele ver solamente animales.

           Pero los primeros oyentes de esos relatos eran judíos.

Y para un judío del siglo I, el cerdo no era simplemente un animal.

     Era un símbolo.

               En la tradición de Israel, el cerdo posee una paradoja:
muestra externamente la señal de pureza —la pezuña partida—,
pero carece de la condición interior que la completa.

Por eso los sabios lo asociaron con la distancia entre apariencia y esencia.

           Quizás por eso, cuando aparecen cerdos en los Evangelios, aparecen junto a temas de impureza, exilio, pérdida de identidad o fragmentación interior.

No porque el animal sea el protagonista.

Sino porque representa una idea.

           La idea de una vasija que parece preparada para recibir luz,
pero cuyo refinamiento interior todavía no le permite conservarla.

Los Evangelios nacieron en un mundo judío y fueron preservados principalmente por comunidades no judías.

Por eso, algunas de sus capas más profundas suelen pasar desapercibidas cuando se leen fuera de su contexto original.

Al volver a leerlos a la luz de la tradición de Israel, descubrimos que muchas veces no están hablando de animales.

Están hablando del alma humana.

Y la pregunta deja de ser:

> ¿Qué ocurre con los cerdos?

Para convertirse en otra mucho más incómoda:

> ¿Existe alguna diferencia entre lo que aparento ser y lo que realmente soy?

Porque la santidad no se mide por las señales externas.

Se mide por la capacidad del alma para recibir, conservar y reflejar la luz del Creador.

*Shabbat Shalom.*

*— Fausto Guzmán*

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