«Clean look», «balletcore» y «coquette»: la industria de la moda está vendiendo personajes, no ropa, a la generación Z
Seguir las últimas tendencias cada vez es una tarea más complicada. Si hace unos años sabías que se llevaban los pantalones pitillo o las Adidas Superstar, ahora no basta con apuntarse a lo barefoot o recuperar tus pantalones capri del armario. La moda evoluciona, y los requisitos para ir a la última también. Ya pasó a la historia buscar simplemente un estilo parisino, o boho chic, ahora se trata de ser coquette, office siren, clean girl, cottagecore o balletcore.
Y sí, usamos el verbo “ser” porque estas estéticas van mucho más allá de una simple prenda: adoptas un personaje, una identidad y un estilo de vida que marca el guion de cada una de ellas. La moda ya no propone qué ponerse, sino quien ser.
La generación Z ya no consume tendencias sino identidades completas, y la manera de llegar a ellas también varía. Atrás queda la tradicional revista que te ponía al día de los nuevos estampados para primavera-verano; ahora quien maneja tu estilo es TikTok.
Ahora, además de ropa, cada estética incluye maquillaje, peinado, decoración, música, hábitos, libros e incluso qué café deberías tomar. Es un mar difícil de navegar. Si te identificas con la clean girl, no solo estamos hablando del clean look, con esos moños repeinados para atrás gracias a varios productos; con esta apariencia pretendemos proyectar una determinada forma de ver la vida. Una auténtica clean girl bebe matcha todas las mañanas, entrena, escucha determinados podcast y lee ciertos libros.
Incluso medios como Cosmopolitan relacionan este estilo con la búsqueda constante de la perfección: hacer deporte, ser puntual, productiva y llevar un estilo de vida saludable.
Si, en cambio, te decantas por la estética coquette no basta con tener una inmensa colección de lazos. Este universo se asocia a una inocencia performativa, la hiperfeminidad, el rosa y mucho encaje. Por el contrario, una chica tomato girl deja bien claro con el lino, los volantes y sus alpargatas de esparto su pasión por la costa amalfitana y por un imaginario de vacaciones mediterráneas perpetuas, al más puro estilo Dua Lipa.
En otro extremo, si sueñas con las bailarinas de Miu Miu, las faldas de tul y las medias de canalé, el balletcore es para ti. Eso sí, no solo se trata de adaptar la estética del ballet clásico a los looks diarios, con el balletcore transmites delicadeza, disciplina y una feminidad clásica. Algo parecido ocurre con el cottagecore. No consiste únicamente en adorar los vestidos de flores, sino que has de dejar claro tu amor por la naturaleza, la isla de Skye, los tonos pastel y Jane Austen.
Etiquetas como estas condensan una identidad completa. La moda siempre ha vendido aspiración, pero la diferencia es que la generación Z cada vez busca menos parecerse a una celebrity y más convertirse en un personaje perfectamente etiquetado y reconocible por el algoritmo.
De hecho, las propias marcas como Miu Miu, Skims o Brandy Melville ya no venden solo ropa, construyen universos estéticos completos. Ya sabemos que queremos lograr y transmitir cuando compramos lencería de la marca de Kim Kardashian o la nueva colección de Brandy.
Con ello el consumo siempre sigue vivo. El algoritmo siempre tiene una recomendación más: el colorete rosado perfecto para completar tu outfit balletcore, que tipo de matcha pediría una clean girl o qué libro deberías leer para ser toda una cottagecore. La espiral de consumo se vuelve infinita y mucho más rentable que limitarse a decir que esta temporada vuelve el animal print.
Los ya famosos hauls de las influencers van dejando paso poco a poco a títulos como “get ready with me as a corporate girl” o “how to romanticize your life”. Ya no vemos simplemente unas últimas compras de americanas o blusas, sino tutoriales sobre como convertirte en una mujer de negocios sin renunciar a una feminidad perfectamente calculada. Al final, ya no consumes contenido para descubrir qué comprar, sino con la esperanza de adquirir la vida asociada a esta estética.
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No hay nada mejor para el algoritmo que los personajes. Los contenidos fáciles de identificar y una estética reconocible es lo que más funciona en plataformas como TikTok. Un video con etiquetas como #oldmoney #darkacademia o #cottagecore entra de inmediato en una conversación donde millones de usuarios reinterpretan ese mismo personaje. Con estas etiquetas no solo se nos recomienda cierto contenido, sino esos estilos de vida asociados. Esa sensación continua de estar «a una compra más» de convertirse en el personaje es extremadamente rentable.
Y es que estos “cores” construyen identidades, sobre todo en la Generación Z, mediante el consumo. Como explica la psicóloga especializada en moda Jennifer Heinen: “Se trata de tomar una necesidad humana genuina de pertenencia e identidad y reformularla de tal manera que se convierta en categorías de contenido que se puedan buscar y comprar”.
